miércoles, 12 de marzo de 2014

Sonríe, tienes el sol entre los labios

Me senté a su lado a ver el atardecer, la miré a los ojos, azules como el gran océano y aunque no desprendió ni gota de él, me sobraron segundos para correr descalza hasta el sol y llevárselo hasta sus pies, tan solo para que viese que a veces las cosas imposibles son insignificantes, y dejamos de lado las posibles por querer comernos el mundo.
Agarré fuerte su mano y con la mirada al suelo le dije " El suelo está compuesto por piedras, flores y humus", le robé el peti y entre calada y calada, entre la humarea, pude ver una ligera sonrisa.
Sonreí.
Lo comprendió, comprendió que las piedras están para pisarlas, que a veces tenemos que tener valentía para romperlas, o incluso para saltarlas como niños pequeños. 
Comprendió que las flores están para valorarlas, para verlas crecer y nunca apropiarse de ellas, observarlas sin manipularlas. 
Comprendió que el humus es tan solo un material inerte que poco a poco va desapareciendo, y va quedando en el olvido. 
Comprendió que tenía la vida en sus pies, en sus manos y, sobre todo en la mirada.


Y ella me dijo " el cielo tan cambiante, de colores, de clima" y fue ahí cuando me robó el horizonte y todas mis reflexiones, y yo como quien no ha visto nunca el cielo, comprendí que todos los tonos de él dependen de con qué ojos los mires, y no me refiero al color de los ojos sino al color de la mirada. 
Comprendí que aunque tapen el sol, siempre estará tras las nubes, y que la lluvia no es más que gotas que nos hacen volver a la infancia.
Comprendí que también debemos tener la mirada en el cielo,  las manos llenas de lluvia, y sobre todo, que la sonrisa tiene más brillo que el sol en su propio amanecer.

Y ella, susurrando con la brisa del viento y desvaneciéndose a su vez , me dijo:

Sonríe, tienes el sol entre los labios.

Desapareció tras ese atardecer y nunca la volví a ver.