Me senté a su lado a ver el atardecer, la miré a
los ojos, azules como el gran océano y aunque no desprendió ni gota de él, me
sobraron segundos para correr descalza hasta el sol y llevárselo hasta sus
pies, tan solo para que viese que a veces las cosas imposibles son
insignificantes, y dejamos de lado las posibles por querer comernos el mundo.
Agarré
fuerte su mano y con la mirada al suelo le dije " El suelo está compuesto
por piedras, flores y humus", le robé el peti y entre calada y calada,
entre la humarea, pude ver una ligera sonrisa.
Sonreí.
Lo
comprendió, comprendió que las piedras están para pisarlas, que a veces tenemos que
tener valentía para romperlas, o incluso para saltarlas como niños pequeños.
Comprendió que las flores están para valorarlas, para verlas crecer y nunca
apropiarse de ellas, observarlas sin manipularlas.
Comprendió que el humus es
tan solo un material inerte que poco a poco va desapareciendo, y va quedando en el olvido.
Comprendió que
tenía la vida en sus pies, en sus manos y, sobre todo en la mirada.
Y ella me
dijo " el cielo tan cambiante, de colores, de clima" y fue ahí cuando
me robó el horizonte y todas mis reflexiones, y yo como quien no ha visto nunca el cielo, comprendí que
todos los tonos de él dependen de con qué ojos los mires, y no me refiero al
color de los ojos sino al color de la mirada.
Comprendí que aunque tapen el
sol, siempre estará tras las nubes, y que la lluvia no es más que gotas que nos
hacen volver a la infancia.
Comprendí
que también debemos tener la mirada en el cielo, las manos llenas de lluvia,
y sobre todo, que la sonrisa tiene más brillo que el sol en su propio amanecer.
Y ella, susurrando con la brisa del viento y desvaneciéndose a su vez , me dijo:
Sonríe, tienes el sol entre los labios.
Desapareció tras ese atardecer y nunca la volví a ver.
