miércoles, 9 de abril de 2014

Sueños sin piezas de cristal

De especie cobarde, de origen de la ciudad de los valientes
Le gustaba soñar, vivía imaginando
y componía su propia realidad.

Tras sus besos se escondían la eternidad
sus caricias camuflaban la inocencia y verdad
Y sus mordiscos eran pura rebeldía y locura
Dejaba el remitente en aquella espalda que le hiciera estremecer.



 Soñaba con cruzarse con una sonrisa que la hipnotizase, que la paralizase. Con un roce que le atrapara todo el cuerpo, y que la pusiera del revés. Con una mirada que escondiese un mundo donde refugiarse, y a la misma vez donde perderse encontrándose a sí misma. Con unos susurros que le gritasen “No te vayas nunca de mi vida” y que jamás se esfumasen el eco de esos susurros.

Imaginaba sus labios jugando, sin normas ni leyes, con otros labios. Pero no con cualquier boca, no con cualquier saliva, solo con aquellos labios que le retorcieran y tensaran todo el cuerpo, que le hicieran pisar el cielo y al mismo tiempo el infierno.


Miraba a su alrededor y solo veía palacios y cuentos de hadas, donde toda princesa querría alojarse. Pero ella construía su mundo, su vida (ficticia), en el lado más oscuro de la ciudad. Ella soñaba con luchar contra toda tempestad hasta llegar a la calma y avanzar con el movimiento del mar, pero siempre mirando al cielo, con mirada de acecho y melena al viento.


Deseaba trepar por la espalda que le hiciera temblar antes de escalar, antes de colgarse de esos labios que le hicieran tiritar, pero que a su vez deseara tirarse al abismo de su abdomen y recorrer todos los lunares sin dejar rastro de alguno.


La princesa dejó de buscar sus fantasías en la ciudad, miró al cielo y con la mirada de acecho y melena al viento, salió corriendo.


Corrió para (re)encontrarse.

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